[Crítica] ‘Pet Sematary’

La fiebre del remake trae consigo la, siempre plausible, aunque remota, posibilidad de ver una adaptación que supere a la anterior o incluso que deje en buen lugar el libro que le da origen. La literatura de Stephen King es el pozo sin fondo de Hollywood, su perenne gallina audiovisual de los huevos de oro. Y King puede rechazar la idea, pero siempre cobra el cheque.

De este modo y con el éxito reciente de la nueva versión cinematográfica de «It» (que pronto estrena su  continuación), Paramount se ha atrevido a volver a interpretar «Pet
Sematary» («Cementerio de Animales»), que ya contó con una versión propia en 1989, con discretos resultados artísticos, pero un gancho innegable al ser la mano del propio King la autora del libreto. La adaptación por lo tanto era bastante fiel y el resultado, más que
digno.

Las comparaciones son inevitables. Y donde la modestia (a veces rallando en lo televisivo) de la cinta de Mary Lambert, se suplían con grandes dosis de humor macabro y un seguimiento fiel de la evolución dramática de los personajes y acertadas composiciones visuales (el cementerio indio de aquella resultaba mucho más sugerente y
plásticamente hermoso que el nuevo), el despliegue de medios y de mejores actores (Jason Clarke y John Lightgow superan con creces a sus homólogos del 89) de la versión de 2019, no sirve para solidificar una cinta realmente interesante.

Los nuevos realizadores, Kevin Kolsch y Dennis Widmyer, se limitan a planear por un tablero nuevo y recién pulido, pero el trabajo del guionista Jeff Buhler, comienza a desviarse a mitad del relato y aunque esto no tenga por qué significar nada malo, lo cierto es que no consigue llevar las nuevas bifurcaciones a lugares interesantes. King conocía de sobra su propio material, pero trastear con el siendo un extraño sin mano diestra no suele ser buena idea.

Así, tras el primer golpe de efecto (y desvío) del relato original, lo más interesante de la cinta deviene en el juego con el espectador (o lector) conocedor del original, respecto a la anticipación de ciertos momentos climáticos y las pequeñas variaciones que se introducen con la idea de sorprender o mantener la atención más allá de conocer el
resultado final. Por desgracia estas alteraciones no consiguen explotarse al máximo y todo queda en un cambio de vestuario sin alma. Por el contrario las mejores ideas nuevas apenas se dejan apuntadas (la inquietante procesión de niños con máscaras de animales, la mitología india del Wendigo), en favor del susto efectista.

Con todo, la producción resulta pulcra, con buena música (como decostumbre) del especialista Christopher Young, una cuidada atmósfera en la fotografía de Laurie Rose y una planificación elegante, aunque impersonal. Un remake para intentar contentar a fans de King y buscar la sorpresa al mismo tiempo, mientras se conforma con ser una película convencional de terror sin los chispazos que hacen de la cinta de 1989
un título entrañable.

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