«Criado por lobos», un futuro incierto en un planeta lejano

«Criado por lobos», un futuro incierto en un planeta lejano

La nueva serie de ciencia ficción que llega bajo el auspicio (dirección y producción) de Ridley Scott, «Criado por lobos», deviene en un interesante ejercicio de análisis sobre la condición humana a través de las creencias en un futuro distante donde la tierra ha sido arrasada por una guerra religiosa y sus últimos supervivientes se encaminan hacia un nuevo comienzo en un planeta lejano. A priori, cualquier producto de ciencia ficción que venga firmado por Scott el en el siglo XXI pasa a cuarentena preventiva tras los fiascos de «Prometheus» y «Alien: Covenant».

Pero, como viene siendo habitual en la televisión de las últimas décadas, es el nombre del guionista el que realmente otorga la profundidad al producto, correspondiendo el mérito a Aaron Guzikowski, guionista de la estupenda «Prisioneros» (Denis Villeneuve) y ahora escritor de las líneas maestras de «Criado por Lobos», en la que pese a todo se deslizan las obsesiones y puntos de fuga habituales de Scott en el género, bien por afinidad entre ambos o por imposición del realizador dado su estatus.

Sea como fuere, el experimento funciona muy bien durante su arranque (brillante y espectacular episodio piloto), se mantiene con buen pulso diseminando tensión, misterios y drama a lo largo de su tramo central, y se desparrama en un exceso difícil de digerir en sus últimos capítulos (dirigidos por el hijo del director, Luke Scott). El síndrome de «Lost», con una acumulación de giros, elementos nuevos, sorpresas y rocambolescas ideas, se ceba con una recta final que echa por tierra la aparente firmeza de sus propuestas iniciales.

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No es que en la ciencia ficción y la fantasía de mundos alienígenas en un futuro lejano no tengan cabida reglas absurdas por las que regir a sus personajes, sino que usar dichas reglas como chistera sin limitación ni objetivo constante deviene en una carrera sin frenos hacia el exceso de la que es complicado recuperarse. En especial si se han sentado las bases y normas de ese mismo mundo con especial cuidado y plausibilidad al comienzo del relato. Guarda ciertos paralelismos con «Westworld» tanto en lo bueno, como lo malo.

Pero no todo es una decepción (más bien solo el último tercio), haciendo del arranque y el tramo medio todo un deleite para los fans del género. A ello ayudan sobremanera dos factores cruciales: la ambientación (el escenario sudafricano fotografiado magistralmente y la excelente música de Ben Frost) y los actores principales, entre los que destaca sobremanera la danesa Amanda Collin, que compone una «madre» sintética inquietante y plagada de matices. Un personaje fascinante, mitad ama de cría, mitad arma de destrucción masiva. El que sale peor parado aquí es Travis Fimmel con su afectada caracterización llena de tics.

El guion durante buena parte de los 8 primeros capítulos es más que correcto y dosifica de forma inteligente los misterios que envuelven el planeta al que llegan los protagonistas, incluyendo su pasado y la guerra religiosa que destruyó la tierra. Pero en su recta final parece querer pisar el acelerador más de la cuenta, elevando las apuestas hasta lo innecesario y pasándose de frenada en su clímax acumulado, donde las ideas se desparraman sin control, tanto en su exceso como en su cantidad. Al menos desde mi punto de vista.

Eso no significa que uno deba renunciar al visionado de la siguiente temporada -ya confirmada-, pero deja serias dudas plantadas sobre la coherencia y solidez de la serie con los vaivenes finales de esta temporada inicial de «Criado por lobos».

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